Nuestra cultura occidental y moderna nos ha acostumbrado a pensar de manera estrictamente lineal: una causa produce un efecto, el tiempo avanza como una flecha hacia adelante y la conclusión lógica o el desenlace de cualquier historia se encuentra siempre al final del trayecto.
Sin embargo, los autores bíblicos, impregnados por las estructuras del pensamiento semítico, concebían a menudo el orden de la revelación de un modo muy distinto. Para ellos, la verdad no siempre espera al último renglón; con frecuencia, se custodia en el centro. La herramienta por excelencia para lograr esto es el quiasmo.
¿Qué es un quiasmo?
El término proviene de la letra griega ji (con forma de equis), que evoca un cruce de caminos o una disposición en aspa. En el ámbito literario y exegético, el quiasmo consiste en disponer palabras, conceptos o pasajes enteros en un orden simétrico e inverso (A – B – B’ – A’ o A – B – C – B’ – A’).
En esta estructura, los extremos se miran entre sí como en un espejo, pero su función primordial no es el mero adorno formal: es una brújula hermenéutica. El quiasmo rompe la inercia de la lectura superficial y conduce la atención hacia el punto de inflexión, el vértice central (C), donde reside el núcleo teológico y salvífico del mensaje.
Otro ejemplo de quiasmo: la restauración del hombre (Marcos 2, 27)
Un ejemplo breve y paradigmático lo encontramos en la respuesta de Jesús ante la controversia por el descanso sabático:
«El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado.»
Si analizamos la arquitectura interna del versículo:
A: El sábado (ha sido instituido para)
B: el hombre,
B’: y no el hombre
A’: para el sábado.
El cruce de términos no es un juego retórico. Al invertir la relación, Jesús reordena la jerarquía que la casuística legalista había invertido: la institución religiosa existe en función de la vida y la salvación de la persona, no al revés.
El quiasmo narrativo: la verdadera realeza en la Pasión (Juan 18, 28 – 19, 16a)
En el Evangelio según san Juan, esta técnica alcanza dimensiones monumentales. Toda la sección del juicio de Jesús ante Poncio Pilato está estructurada como un quiasmo de siete escenas, marcado rigurosamente por el movimiento espacial de Pilato, quien entra y sale del pretorio:
A. Fuera del pretorio (Juan 18, 28-32): Acusación de los judíos y exigencia de muerte.
B. Dentro del pretorio (Juan 18, 33-38a): Primer interrogatorio privado sobre el Reino («Mi reino no es de este mundo»).
C. Fuera del pretorio (Juan 18, 38b-40): Pilato proclama su inocencia («No hallo en él ningún delito») y propone soltar a Barrabás.
D. EL VÉRTICE / DENTRO DEL PRETORIO (Juan 19, 1-3): La flagelación y la coronación de espinas. Jesús es revestido de púrpura y aclamado irónicamente: «¡Salve, Rey de los judíos!».
C’. Fuera del pretorio (Juan 19, 4-8): Pilato reitera la inocencia («No hallo en él ningún delito») y presenta al reo: «Ecce Homo».
B’. Dentro del pretorio (Juan 19, 9-11): Segundo interrogatorio privado sobre el origen del poder («No tendrías sobre mí ningún poder si no se te hubiera dado de arriba»).
A’. Fuera del pretorio (Juan 19, 12-16a): Rechazo final al Mesías («No tenemos más rey que al César») y entrega para la crucifixión.
Mientras la mirada profana busca el desenlace al final (la sentencia y la ejecución), la mirada creyente descubre que el clímax teológico de Juan se halla en el corazón de la estructura: la escena D. En medio de lo que aparenta ser una farsa sangrienta y una derrota judicial, Jesús es secretamente entronizado como el verdadero Rey mesiánico en el despojo de las espinas y la púrpura.
La vida como un quiasmo
Comprender esta lógica escriturística ilumina la experiencia personal. Con frecuencia interpretamos la existencia humana como una línea de progreso continuo: nacer, acumular saberes, ascender peldaños y temer el declive final.
Sin embargo, para el cristiano la vida se asemeja más a un quiasmo trazado por la providencia divina:
A. Origen y gracia original: Salida de las manos del Creador; la inocencia primera y la promesa inicial.
B. Descenso y desierto: La experiencia de la propia fragilidad, el despojo de certezas, las pruebas que desmantelan el control humano.
C. El Centro de inflexión: El encuentro vivo con la misericordia; el fiat donde la debilidad se rinde y se deja redimir por Cristo.
B’. Ascenso y reconstrucción: Maduración probada en el fuego; fecundidad espiritual nacida no de la autosuficiencia, sino de la herida sanada.
A’. Retorno transformado: Vuelta al Padre, ya no en simple inocencia no probada, sino en santidad consumada y comunión plena.
El quiasmo bíblico enseña a mirar el propio camino sin desesperar en el descenso. Los momentos de oscuridad no son el final del argumento ni un desvío sin sentido; a menudo constituyen el centro geométrico donde Dios dobla la página de nuestra historia para manifestar, en la debilidad asumida, su mayor gloria.
Unas lecturas complementarias