Nuestra cultura occidental y moderna nos ha acostumbrado a pensar de manera estrictamente lineal: una causa produce un efecto, el tiempo avanza como una flecha hacia adelante y la conclusión lógica o el desenlace de cualquier historia se encuentra siempre al final del trayecto.
Sin embargo, los autores bíblicos, impregnados por las estructuras del pensamiento semítico, concebían a menudo el orden de la revelación de un modo muy distinto. Para ellos, la verdad no siempre espera al último renglón; con frecuencia, se custodia en el centro. La herramienta por excelencia para lograr esto es el quiasmo.
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