En el Evangelio de Mateo (15, 21-28), Jesús sale de Galilea y se retira a la región de Tiro y Sidón. Allí sale a su encuentro una mujer a quien el evangelista califica deliberadamente con un término arcaico: «cananea». No debía estar en uso para la época de Jesús, sin embargo, todo el que conociera el Antiguo Testamento (las «escrituras» de que se habla tanto en el Nuevo Testamento) debió entender la referencia. El término aplicado a la mujer representa a todos aquellos que siguen prácticas terrenales que niegan a Dios, como el aborto o cualquier práctica espiritual que no es genuinamente cristiana, entre otras muchas cosas.
Todas esas cosas eran las que usualmente hacían los cananeos. Por eso Dios ordenó a los verdaderos creyentes mantenerse apartados de ellos.
Para la época en que se redactó el Evangelio, la denominación política y sociológica común era «sirofenicia», tal como precisa Marcos en el texto paralelo (7, 26). Sin embargo, Mateo escribe primordialmente para una comunidad de origen judío y elige esa palabra con una carga teológica precisa. En la memoria de Israel, Canaán no era un simple punto geográfico del pasado; era el arquetipo del paganismo radical, la idolatría y las prácticas más abominables condenadas por la Ley: el culto a dioses sanguinarios como Moloc, los sacrificios de infantes y la prostitución sagrada.
Al presentarla como «cananea», el texto evoca la figura de quien está lo más lejos posible de la Alianza: el pecador sumergido en las tinieblas, el idólatra de cualquier tiempo y lugar que carece de títulos, derechos o méritos ante el Dios vivo.
El drama humano y el silencio divino
El punto de partida de la escena es desgarrador:
«¡Ten piedad de mí, Señor, Hijo de David! Mi hija está malamente endemoniada.» (Mt 15, 22)
No hay dolor más agudo que el de una madre que contempla la destrucción espiritual y física de su propia hija, presa de una opresión demoníaca violenta e ingobernable. En su desesperación, la mujer recurre a Jesús llamándolo «Hijo de David», el título mesiánico de Israel.
Sin embargo, la primera reacción de Jesús resulta desconcertante: «Él no le respondió palabra» (v. 23).
El silencio de Dios ante el sufrimiento humano suele ser el primer escollo donde encalla la religiosidad superficial. Cuando una persona acude a Dios solo movida por la urgencia o pretendiendo una solución mágica a su angustia, el silencio aparente engendra resentimiento, soberbia herida o abandono. Pero Jesús no calla por indiferencia; calla como un pedagogo que introduce el crisol para depurar la verdadera intención del corazón.
La pedagogía de la prueba: pan, hijos y perrillos
Ante la insistencia de la mujer y la incomodidad de los discípulos, Jesús delimita el marco profético e histórico de su encarnación:
«No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel.» (v. 24)
La fidelidad de Dios a las promesas patriarcales exigía que el Evangelio se ofreciera en primer término a los depositarios de la Alianza histórica (cf. Rm 1, 16). Lejos de amedrentarse, la mujer se postra ante Él diciendo: «¡Señor, socórreme!» (v. 25).
Es entonces cuando Jesús pronuncia la frase más dura del relato:
«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos.» (v. 26)
Jesús verbaliza el límite de la economía salvífica y el estigma que pesaba sobre el mundo pagano. El término semítico «perro» evocaba la impureza moral y cultual de las naciones idólatras (cf. Dt 23, 19). Al usar el diminutivo griego (kynarion, perrillos domésticos), el Señor traslada la escena al interior de una casa y pone a prueba la raíz de la fe de aquella madre: ¿reclamará un derecho inexistente? ¿Se ofenderá ante la verdad de su indignidad?
La conversión de la postura interior: el valor de las migajas
La respuesta de la cananea marca el giro teológico decisivo de todo el pasaje:
«Sí, Señor; pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.» (v. 27)
La mujer no rebate la prioridad de Israel ni discute su condición de extranjera ajena a la Ley. No apela a una justicia distributiva ni busca justificarse en sus obras. Con una humildad absoluta, asume su lugar bajo la mesa, pero comprende algo que los letrados y fariseos jamás lograron vislumbrar: la sobreabundancia infinita de la misericordia divina.
Sabe que Dios es tan inmenso que no necesita despojar a los hijos para salvar a los de fuera; una sola «migaja» del banquete de la gracia mesiánica tiene poder suficiente para arrancar a su hija de las garras del maligno.
De excluida histórica a modelo universal de fe
El desenlace desmantela todo automatismo genealógico:
«Mujer, qué grande es tu fe; que se cumpla lo que deseas.» (v. 28)
En todo el Evangelio de Mateo, este elogio de una fe grande (megálē pistis) solo se pronuncia ante dos paganos: el centurión romano (Mt 8, 10) y esta madre cananea. Mientras las autoridades religiosas de Jerusalén se escandalizaban de Jesús y permanecían ciegos ante sus signos, la representante del pueblo maldito del Antiguo Testamento se convierte en maestra de oración, perseverancia y abandono filial.
La mujer cananea nos enseña que el acceso al Reino de Dios no depende de la herencia étnica, las castas religiosas o los méritos acumulados. La salvación universal anunciada por los profetas (Is 56) y consumada en Cristo está abierta a todos los idólatras de la historia, a condición de una sola cosa: la disposición del corazón.
Quien se acerca a Dios exigiendo derechos solo encuentra el vacío de sus propias pretensiones; quien se acerca reconociendo su nada y fiándose por entero de su amor inmerecido, recibe la plenitud de la vida.
Y adivinen cuál era la religiosidad de los cananeos del Antiguo Testamento: la misma que la de los cananeos de hoy, la naturaleza. O sea la «madre tierra». No se extrañen que la ONU promueva el día de la madre tierra o el día del yoga, o hagan lo mismo todos esos movimientos políticos y sociales que promueven el aborto, el fin de la familia y demás barbariidades.
Un comentario final sobre las lecturas de la misa de hoy: primera y segunda lectura y salmo van por el mismo camino. Hablan del «extranjero» que se acerca a Dios y de cómo este también llega a ser parte del pueblo de Dios, no limitado a Israel sino a los verdaderos creyentes aunque siempre está abierto a quienes estén dispuestos a la conversión real.

Lectura complementario. Un cristiano no puede apoyar el aborto, eso es ser «cananeo».
