¿Se deben hacer obras, o basta solo la Fe?

Sinopsis: La sola fe no nos salva. Sostener que solamente la fe sin obras salva es negar lo que dice la Biblia. La fe se reconoce por sus frutos en beneficio propio y de los demás, lo que incluye las obras, o de lo contrario no atenderemos la voluntad de Dios.

La fe es el plano pero no hay casa sin construcción efectiva. Imagen RAWPIXEL.COM

Uno de los textos más claros al respecto es este:

«No se olviden de hacer el bien y de ayudarse mutuamente; esos son los sacrificios que agradan a Dios.» (Hebreos 13, 16)

Dice San Pablo:

«Porque en él se revela la justicia de Dios, de fe en fe, como dice la Escritura: El justo vivirá por la fe.» (Romanos 1, 17)

De una vez: las obras no salvan por sí solas, tienen que ser frutos de una verdadera Fe. Arranquemos con el tema.

No hay que hacer buenas obras, sostienen algunos con base en este texto y en otros posteriores de la misma carta (como Romanos 3, 28), pero pasan por alto este otro versículo que igualmente reposa en Romanos:

«El cual dará a cada uno según sus obras.» (Romanos 2, 6)

Que Pablo está hablando de hacer la voluntad de Dios, es un hecho, como explica luego:

«Que el Reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo.» (Romanos 14, 17)

Pablo reconoce el valor de las obras, como en 1 Corintios 13, 1:

«Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe.»

En el Apocalipsis, uno de los anuncios de bienaventuranza es este:

«Y oí una voz que decía desde el cielo: «Escribe: Dichosos los muertos que mueren en el Señor desde ahora. Sí, dice el Espíritu, que descansen de sus fatigas, porque sus obras los acompañan».» (Apocalipsis 14, 13)

San Juan nos pone en alerta acerca del engaño en que incurren quienes no obran la justicia:

«Hijos míos, que nadie los engañe. Quien obra la justicia es justo, como él es justo.» (1 Juan 3, 7)

Hay que leer la Carta de Santiago. Toda ella. Porque allí se afirma:

«¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: «Tengo fe», si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarlo la fe?» (Santiago 2, 14)

Exactamente tal como sostiene San Pablo:

«Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que reciba cada uno lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o malo.» (2 Corintios 5, 10)

Siendo así, ¿de qué habla Pablo en Romanos 4, 1-3?

«¿Qué diremos, pues, de Abraham, nuestro antepasado según la carne? Si Abraham hubiera sido justificado por las obras, tendría de qué gloriarse, pero no ante Dios. En efecto, ¿qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios y le fue reputado como justicia.»

Pablo y Santiago no se contradicen, ni tampoco aquí Pablo se contradice consigo mismo. Cuando dice en Romanos 4, 1-3 que no fue por las «obras» que Abraham fue declarado justo, está hablando de los rituales externos como la circuncisión (Pablo y Santiago comentan exactamente el mismo pasaje del Génesis cuando hablan de Abraham: Génesis 15, 6, que Santiago relaciona con Génesis 22, 9, la entrega de Isaac, mientras que Pablo relaciona con el capítulo 17, donde Abraham es circuncidado). De hecho, la expresión «obras de la ley» es un tecnicismo cuyo sentido es exactamente el acabado de señalar, tal como ha demostrado uno de los descubrimientos en los rollos del Mar Muerto (ver «Las «obras de la ley» y la salvación» de James Akin).

¿O es que acaso puedes ser testigo de Jesucristo sin obras adecuadas?

«Brille así la luz de ustedes delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en los Cielos.» (Mateo 5, 16)

Vimos que Pablo mencionaba a Abraham como ejemplo de justo que vive por la fe. Pero no hay duda de que Dios le pidió a Abraham vivir en justicia haciendo el bien (ver Génesis 18, 19). Por otra parte, el propio Pablo señala que la fe también se transmite por las obras:

«Pues no me atreveré a hablar de cosa alguna que Cristo no haya realizado por medio de mí para conseguir la obediencia de los gentiles, de palabra y de obra, en virtud de señales y prodigios, en el poder del Espíritu de Dios; tanto que desde Jerusalén y en todas direcciones hasta el Ilírico he dado pleno cumplimiento a la predicación del Evangelio de Cristo.» (Romanos 15, 18-19)

Para entender el tema de la justificación, hay que leer el pronunciamiento del Concilio de Trento con el cual se responde esa tesis de la sola fide recién introducida por Lutero (ver Sesión VI, celebrada el 13 de enero de 1547, Decreto sobre la Justificación).

El primer paso para la justificación es el reconocimiento de que somos pecadores llenos de limitaciones, cosa que eluden decir siempre los protestantes, olvidando la enseñanza expresa de Jesús al respecto. ¿Te acuerdas de la parábola del publicano y el fariseo?

«El publicano, manteniéndose a distancia, no osaba ni alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: «Dios, ten compasión de mí, que soy pecador». Les digo que este bajó a su casa justificado y aquel no. Porque todo el que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado.» (Lucas 18, 13-14)

En lo que tiene que ver con el mandato del amor, no nos confundamos ni nos dejemos confundir, porque es un mandato de justicia con nosotros mismos y con nuestros hermanos, no simplemente tener fe como quieren hacer creer los hermanos separados. Por eso dice Jesús:

«¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que pagan el diezmo de la menta, del anís y del comino, y descuidan lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe! Esto es lo que había que practicar, aunque sin descuidar aquello. ¡Guías ciegos, que cuelan el mosquito y se tragan el camello!» (Mateo 23, 23-24)

¿Cuál es la clave según Jesús? «La justicia, la misericordia y la fe». Por eso sostiene Santiago:

«Pongan por obra la Palabra y no se contenten con oírla, engañándose a ustedes mismos. Porque si alguno se contenta con oír la Palabra y no la pone por obra, esa persona se parece a uno que contempla su rostro natural en un espejo: se contempla, se va y al punto se olvida de cómo era. En cambio, el que fija su mirada en la Ley perfecta, la de la libertad, y persevera en ella, no como oyente olvidadizo sino como cumplidor de la obra, este será dichoso en su práctica.» (Santiago 1, 22-25)

Desde luego, las obras que valen son las que parten del amor de Dios, como frutos aptos de la semilla del Altísimo en nuestros corazones, pues ciertamente no será cualquier clase de obras las que nos allanen el camino al cielo, el cual no se compra, sino que se recibe conforme a la infinita Misericordia de Nuestro Señor. El secuestrador que entrega dinero a los pobres no está haciendo nada, eso no sirve, porque a Dios no se le compra. ¡Claro que no! (Hechos 8, 18-24). Ya dijo el Concilio de Cartago que sin la gracia de Dios es imposible la realización de buenas obras. Veamos lo que se dijo en la Declaración Conjunta sobre la Doctrina de la Justificación, celebrada entre la Iglesia Católica y la Luterana en 1999:

«38. Según la interpretación católica, las buenas obras, posibilitadas por obra y gracia del Espíritu Santo, contribuyen a crecer en gracia para que la justicia de Dios sea preservada y se ahonde la comunión en Cristo. Cuando los católicos afirman el carácter «meritorio» de las buenas obras, por ello entienden que, conforme al testimonio bíblico, se les promete una recompensa en el cielo. Su intención no es cuestionar la índole de esas obras en cuanto don, ni mucho menos negar que la justificación siempre es un don inmerecido de la gracia, sino poner el énfasis en la responsabilidad del ser humano por sus actos.»

Lee de nuevo la parábola del fariseo y el publicano en Lucas 18, 9-14. En medio de su oración el publicano (recaudador de impuestos para los romanos) reconoce que es un pecador y suplica la misericordia de Dios, con lo cual se demuestra que está en gracia. Somos pecadores, no somos capaces de dar la medida del Reino, únicamente la gracia de Dios para la cual no tenemos nunca suficientes merecimientos es la que nos salva.

«Mira que en la culpa nací, pecador me concibió mi madre. Mira que tú amas la verdad en lo íntimo del ser, y en lo secreto me enseñas la sabiduría. Purifícame con el hisopo, y seré limpio; lávame, y seré más blanco que la nieve.» (Salmo 51, 7-9)

¿Recuerdan eso de «Por sus frutos los conoceréis…»? Pues por ahí se comienza a entender Romanos 1, 17 y 2, 6.

La misma lectura se encuentra en 1 Samuel 26, 23:

«Yahveh pagará a cada uno según su justicia y su fidelidad.»

Entonces ten cuidado, hermano, no caigas en el error al que quieren inducir los falsos profetas (Mateo 7, 15-20; lee también Santiago 3, 11 y Gálatas 5, 6).

Las que valen son las obras que se producen como frutos de la conversión, de la fe, pues es inimaginable que te conviertas y que luego no ejerzas la misericordia. ¿No ves que el mismo Jesús advierte que será arrojado al fuego? Fíjate lo que dice Jesús en otra parte:

«Entonces dirá también a los de su izquierda: «Apártense de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber; era forastero, y no me acogieron; estaba desnudo, y no me vistieron; enfermo y en la cárcel, y no me visitaron».» (Mateo 25, 41-43)

Que las obras sean por la fe, o de lo contrario de nada te servirán. Pablo lo explica muy bien en 1 Corintios 13, 3:

«Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha.»

En realidad, en la Carta a los Romanos Pablo se dirigía a un auditorio que incluía conversos del judaísmo que creían que haciendo determinados rituales de la fe judía estaban colaborando con su salvación, mejor dicho, aún seguían atados a la ley judía que pregonaba por ejemplo cuántos pasos podía dar un hombre el sábado y que, para algunos, significaba que siguiendo ciertos hábitos externos —como el reposo en sábado— se cumplía con la voluntad de Dios, siendo que todo eso terminó con la Nueva Alianza de Jesucristo. Pero las obras de misericordia jamás son rechazadas por Pablo (lee completo 1 Corintios 13).

¿Queda alguna duda? ¿Cuáles son tus obras, hermano? Tienes que hacerlas en el amor de Dios y sin descuidar a los tuyos (1 Timoteo 5, 8), sin olvidar que las obras por sí mismas no nos hacen mejores para el Reino, sino que es la gracia gratuita de Dios la que nos lleva luego de nuestro completo movimiento de voluntad hacia Él (Romanos 3, 24). Piensa bien, porque los ángeles de Dios, en el final de los tiempos, se llevarán al horno a todos los que obraron mal (Mateo 13, 40-43; lee también Jeremías 17, 10).

Digamos finalmente con San Pablo:

«No nos cansemos de hacer el bien, que a su tiempo cosecharemos si no desmayamos. Así que, mientras tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe.» (Gálatas 6, 9-10; lee también Juan 15, 3-4 e Isaías 3, 10)

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