Catequesis sobre el amor de Dios y el amor de una madre

El amor de Dios es una realidad. El término hebreo bíblico Rajamím nos permite ver cómo el amor de un Padre celestial puede llevar en sí toda la ternura y el cuidado de la maternidad más perfecta.

El misterio de las entrañas: Rehem y Raham.


Veamos la raíz en sus distintas formas gramaticales, pues la Biblia alterna entre el lugar físico y la acción afectiva.

Primero, Rehem. Es un sustantivo que se refiere al útero o matriz. Es el término que designa el lugar de la gestación. Aparece, por ejemplo, en Jeremías, capítulo uno, versículo cinco: Antes de haberte formado yo en el seno materno, en el Réjem, te conocía. Aquí se enfatiza el espacio de protección divina.

Segundo, Raham. Es un verbo que expresa la acción de amar entrañablemente o tener compasión. Es el movimiento del corazón que brota del útero. Un ejemplo claro es el Salmo dieciocho, versículo uno: Yo te amo, Raham, Yahvé, fortaleza mía.

Y finalmente, Rahamim. Es el resultado de ambos; la misericordia como una cualidad permanente y desbordante. Al ser un plural de intensidad, nos indica que la compasión de Dios no es un acto aislado, sino una disposición constante de sus entrañas.

El amor de madre llevado al infinito.

El profeta Isaías, en el capítulo cuarenta y nueve, versículo quince, nos regala una de las comparaciones más bellas para entender la fidelidad de Dios. Dice así: ¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella llegara a olvidar, yo no te olvido.

Aquí, Dios utiliza el ideal humano más alto para revelarse. Sin embargo, marca una diferencia fundamental: el amor humano puede fallar. Pero el amor de Dios es el amor de madre llevado al grado del infinito. Es fundamental mantener la precisión teológica: la fe católica nos enseña que Dios posee en grado infinito las perfecciones de la paternidad junto con el máximo posible de amor maternal.

El Padre con corazón maternal.

Un puente entre la autoridad paterna y la ternura materna se encuentra en el Salmo ciento tres, versículo trece: Como un padre se compadece de sus hijos, así se compadece Yahvé de los que le temen.

En el original hebreo, el verbo compadecerse es Rahám. El sujeto es un padre, pero la acción que realiza es propia de las entrañas maternales. Esto nos revela que el Padre celestial no es distante; su paternidad incluye constitutivamente esa conmoción visceral ante sus hijos.

La encarnación de la misericordia en el Nuevo Testamento.

Esta realidad alcanza su plenitud en Jesucristo, donde el Rajamím hebreo se traduce al griego como Esplánjna, que significa entrañas, y Esplanjnízomai, que es conmoverse desde las entrañas.

En el Cántico de Zacarías, en Lucas capítulo uno, versículo setenta y ocho, se habla de la salvación que viene por las entrañas de misericordia de nuestro Dios. La llegada de Cristo es, literalmente, un parto de la misericordia del Padre.

Por su parte, San Pablo, en la carta a los Filipenses, capítulo uno, versículo ocho, dice: Dios me es testigo de cuánto los quiero a todos ustedes en las entrañas, en los Esplánjnois de Cristo Jesús. No es un amor intelectual, es el mismo amor más profundo de Dios hecho carne.

Esto se ve claramente en la parábola del Padre Misericordioso. En Lucas quince, veinte, cuando el padre ve al hijo pródigo, se conmovió profundamente, o en griego, Esplanjnísthe. El Padre corre porque sus entrañas se han estremecido al verlo.

El amor de Dios, expresado como la misericordia infinita de una verdadera madre, nos demuestra que el aborto es el máximo rechazo al amor de Dios e incluso a la esencia misma de su ser. Si Dios ha elegido la matriz, el Réjem, como la imagen predilecta para explicarnos su propia misericordia, el Rajamím, atentar contra la vida en ese recinto sagrado es negar la misericordia divina.

Palabras finales

Debemos ver en todas las madres la expresión viva del amor de Dios; ellas portan en su naturaleza la capacidad de amar como Dios ama. Por algo la Biblia nos habla de la belleza de la procreación, es decir, de crear junto con Dios. Esta sagrada tarea de custodiar la vida también compromete a los padres a través del concepto de Yalád, que significa engendrar (o sea procrear). Aunque solemos asociarlo al parto femenino, la Escritura usa este término para los padres para indicar su participación activa en el origen de la vida. Vemos ejemplos en las genealogías de Génesis, capítulo cinco, versículo tres: Adán engendró, Yalád, un hijo a su semejanza; o en Génesis veinticinco, diecinueve: Abraham engendró, Yalád, a Isaac.

Esto nos recuerda que el padre no es un observador externo, sino que, junto a la madre, está llamado a reflejar ese amor que nace de las entrañas y se manifiesta en la protección y entrega absoluta por el hijo. Así, la familia se convierte en el reflejo de un Dios que es Padre, pero cuyo corazón late con la ternura eterna de unas entrañas maternas.

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