
Es común escuchar, especialmente en redes sociales, la afirmación de que la confesión de los pecados ante un sacerdote es una invención humana, argumentando que uno debe confesarse «directamente con Dios». A menudo se utiliza la parábola del fariseo y el publicano (Lucas 18, 9-14) para intentar demostrar que el perdón se obtiene sin intermediarios, o temerariamente se declara que un sacerdote no perdona los pecados. Veamos unos primeros puntos:
1. La Institución Bíblica del Sacramento
El punto de partida de la teología católica es que, efectivamente, solo Dios perdona los pecados. El sacerdote católico no perdona los pecados por su propio poder, sino que actúa in persona Christi (en la persona de Cristo) y como ministro de la misericordia de Dios.
La diferencia fundamental entre la postura expuesta en el video y la enseñanza católica se encuentra en el modo en que Cristo decidió aplicar la gracia de su perdón a través de la Iglesia.
El pasaje central para la institución del Sacramento de la Penitencia es Juan 20:21-23, en la tarde del Domingo de Resurrección:
«Jesús les dijo de nuevo: “La paz con ustedes. Como el Padre me envió a mí, así los envío yo a ustedes”. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos.”»
2. Análisis Teológico-Bíblico:
- Poder Ministerial: Si Jesús hubiera querido que la confesión fuera solamente una oración privada y directa a Dios, no habría necesidad de haber conferido a los Apóstoles este poder de «perdonar» o «retener» los pecados. Este poder implica necesariamente un juicio por parte del ministro, lo que a su vez requiere que el penitente (el pecador) manifieste su pecado. Si no hay manifestación, el Apóstol (y sus sucesores, los obispos y presbíteros) no puede ejercer el discernimiento de si el pecado debe ser «perdonado» o «retenido».
- Mediación Sacerdotal: Jesús, como único mediador entre Dios y los hombres (1 Timoteo 2:5), actúa a través de signos visibles y ministros para comunicar su gracia. El bautismo, la Eucaristía, y la Reconciliación son dones que nos unen a Su obra redentora de manera concreta.
- Práctica en la Iglesia Primitiva: La práctica de la confesión existió desde los inicios. El apóstol Santiago exhorta: «Confiesen, pues, sus pecados unos a otros y oren unos por otros para ser curados. La oración ferviente del justo tiene mucho poder» (Santiago 5:16). Aunque se refiere a una confesión mutua, está en el contexto de la unción de los enfermos con los presbyteros (ancianos/sacerdotes), vinculando la curación física y el perdón espiritual a la autoridad ministerial de la Iglesia (Santiago 5:14-15).
Finalmente,no se puede ignorar el claro mandato de Cristo en Juan 20:23, que es el fundamento de un sacramento que busca dar certeza del perdón, sanación espiritual y dirección al alma.
Veamos ahora un estudio serio de las Escrituras y de la voluntad de Jesús nos muestra que el Sacramento de la Reconciliación no es un obstáculo, sino el medio privilegiado que Cristo mismo instituyó para darnos la certeza del perdón.
Es común escuchar hoy en día la afirmación de que la confesión de los pecados ante un sacerdote es una invención humana, argumentando que uno debe confesarse «directamente con Dios». A menudo se utiliza la parábola del fariseo y el publicano (Lucas 18, 9-14) para intentar demostrar que el perdón se obtiene sin intermediarios.
Sin embargo, al leer la Biblia , descubrimos que Jesús mismo instituyó la Reconciliación como un medio seguro para liberarnos.
1. La humildad: el primer paso, pero no el único
El argumento de que el publicano fue perdonado «directamente» olvida que Jesús, en esa parábola, estaba enseñando sobre la soberbia y la humildad, no aboliendo el ministerio sacerdotal que Él mismo instituiría después.
«Dijo también Jesús esta parábola a unos que confiaban en sí mismos como justos, y despreciaban a los demás: (…) El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: ‘Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador’.» (Lucas 18, 9.13 – BLA)
La enseñanza concluye con una frase contundente en esta traducción: «Yo les digo que este último estaba en gracia de Dios cuando volvió a su casa, pero el fariseo no» (Lc 18, 14). Estar en gracia es vital, y para ello Jesús nos dejó una herramienta poderosa para cuando la perdemos.
2. El mandato de Jesús: «Descargar» los pecados
Si la confesión fuera solo un acto privado mental, Jesús no habría dado una autoridad específica a sus apóstoles. En la tarde de Pascua, Jesús dio un mandato que no deja lugar a dudas sobre su voluntad de usar intermediarios humanos para su gracia:
«Jesús les volvió a decir: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, así los envío yo también.» Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo: a quienes descarguen de sus pecados, serán liberados, y a quienes se los retengan, les serán retenidos.»» (Juan 20, 21-23 – BLA)
Fíjense en la palabra que usa esta versión bíblica: «descarguen». Para que el apóstol (y hoy el sacerdote) pueda «descargar» a alguien de su peso o decidir «retenerlo», necesariamente debe escuchar los pecados. Sin la confesión, el sacerdote no puede ejercer este poder de liberar que Cristo le entregó.
3. El Ministerio de la Reconciliación
San Pablo confirma que esta tarea de perdonar no es algo que los apóstoles se inventaron, sino un encargo directo de Dios. Ellos actúan como embajadores oficiales:
«Todo eso es obra de Dios, que nos reconcilió con él en Cristo y que a nosotros nos encomienda el mensaje de la reconciliación. (…) Nos presentamos, pues, como embajadores de Cristo, como si Dios mismo les exhortara por nuestra boca. En nombre de Cristo les rogamos: ¡reconcíliense con Dios!» (2 Corintios 5, 18.20 – BLA)
Del mismo modo, el apóstol Santiago nos exhorta a no quedarnos con el pecado dentro, sino a sacarlo a la luz ante la Iglesia:
«Reconozcan sus pecados unos ante otros y recen unos por otros para que sean sanados.» (Santiago 5, 16 – BLA)
Conclusión
Afirmar que confesarse con un sacerdote es incorrecto contradice el propio mandato de Jesús en el Evangelio de Juan. La confesión es el sacramento de la «descarga» y la liberación.
Como dice San Juan: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos» (1 Juan 1, 8). No nos engañemos pensando que basta con «hablar con la almohada»; acudamos a quienes Jesús envió para escuchar de sus labios: «Tus pecados te son perdonados».