No somos hijos de Dios automáticamente

Consolar es ser hijos de Dios (image from Rawpixel)

Muchos afirman que «todos somos hijos de Dios», y usan tal afirmación como excusa para no dejar su modo de vida desordenado. Aquí no vamos a hablar del título «Hijo de Dios» aplicado en el Nuevo Testamento a Jesús, ni del término en el Antiguo Testamento (como en Gn 6, 2), sino del calificativo dado a los verdaderos creyentes. Jesús es el hijo de Dios, nosotros lo somos por adopción.

Es cierto que todos han sido llamados a ser hijos de Dios (Ef 4, 1-4), pero resulta que merecer ser considerado «hijo de Dios» no es ni mucho menos algo automático o sin requisitos, porque hay condiciones que cumplir. He aquí algunas:

– Debe trabajarse por la paz (Mt 5, 9)

– Amar a los enemigos (Lc 6, 35)

– Tener Fe en Cristo (Jn 1, 12; Gal 3, 26)

– Abandonar las cosas de la carne y dejarse guiar por el Espíritu Santo (Rm 8, 12-16)

– Apartarse del mal y no mezclarse con quienes lo hacen (2 Co 6, 14-18; Ef 5, 1-5; 1 Jn 3, 1-10)

– Denunciar el mal (Ef 5, 10-13)

– Poner el corazón en Jesús con una fe madura (Gal 4, 1-11)

– Hacerlo todo con humildad y calladamente (Fil 2, 14-18)

– Someterse a la acción de Dios (Hb 12, 1-11)

– Amar al hermano y ser recto (1 Jn 3, 10)

– Seguir los mandatos de Dios (1 Jn 5, 1-5)

– Perseverar hasta el final en el camino hacia Dios eludiendo el pecado, evitando por ejemplo la inmoralidad sexual (Ap 21, 6-8)

Ser hijo de Dios es una herencia que se gana (Rm 9, 6-13), pero que puede perderse (Rm 6, 15-23). San Pablo lo dice claramente:

«Como hijos amadísimos de Dios, esfuércense por imitarlo. Sigan el camino del amor, a ejemplo de Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros, como esas ofrendas y víctimas cuyo olor agradable subía a Dios. Y ya que son santos, no se hable de inmoralidad sexual, de codicia o de cualquier cosa fea; ni siquiera se las nombre entre ustedes. Lo mismo se diga de las palabras vergonzosas, de los disparates y tonterías. Nada de todo eso les conviene, sino más bien dar gracias a Dios. Sépanlo bien: ni el corrompido, ni el impuro, ni el que se apega al dinero, que es servir a un dios falso, tendrán parte en el reino de Cristo y de Dios.»

Efesios 5, 1-4

Y agrega un poco más adelante:

«Examinen, pues, con mucho esmero su conducta. No anden como tontos, sino como hombres responsables. Aprovechen el momento presente, porque estos tiempos son malos. Por tanto, no se dejen estar, sino traten de comprender cuál es la voluntad del Señor.»

Efesios 5, 15-16

No lo olvidemos. Los hijos de Dios no deben pecar:

«El que ha nacido de Dios no peca, porque permanece en él la semilla de Dios. Y ni siquiera puede pecar, porque ha nacido de Dios. »

1 Juan 3, 9

Seamos entonces hijos de Dios, para poderle decir de verdad Papá:

«Ustedes ahora son hijos, por lo cual Dios ha mandado a nuestros corazones el Espíritu de su propio Hijo que clama al Padre: ¡Abbá!, o sea: ¡Papá!»

Gálatas 4:5

Cada vez que proclame el Padrenuestro (Mateo 6:9-13), tenga presente que debe hacer realidad en su vida eso que está diciendo o sino no hará más que repetir palabras como loro. De eso se trata.

Como explica el Catecismo de la Iglesia Católica:

«Podemos adorar al Padre porque nos ha hecho renacer a su vida al adoptarnos como hijos suyos en su Hijo único…»

Catecismo en el número 2782 (ver aquí)

Lo que nos obliga a lo siguiente:

«Este don gratuito de la adopción exige por nuestra parte una conversión continua y una vida nueva.»

Catecismo en el número 2784 (ver aquí)

Alguien querrá sostener que por los sacramentos, en la iglesia católica, nos volvemos hijos de Dios. Eso no es cierto. Los sacramentos nos capacitan para serlo.

«1692 El Símbolo de la fe profesa la grandeza de los dones de Dios al hombre por la obra de su creación, y más aún, por la redención y la santificación. Lo que confiesa la fe, los sacramentos lo comunican: por “los sacramentos que les han hecho renacer”, los cristianos han llegado a ser “hijos de Dios” (Jn 1:12; 1 Jn 3:1), “partícipes de la naturaleza divina” (2 P 1:4). Los cristianos, reconociendo en la fe su nueva dignidad, son llamados a llevar en adelante una “vida digna del Evangelio de Cristo” (Flp 1:27). Por los sacramentos y la oración reciben la gracia de Cristo y los dones de su Espíritu que les capacitan para ello.» (resaltado fuera de texto)

Catecismo de la Iglesia Católica

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