La Gracia

«Nuestra justificación es obra de la gracia de Dios. La gracia es el favor, el auxilio gratuito que Dios nos da para responder a su llamada: llegar a ser hijos de Dios, hijos adoptivos, partícipes de la naturaleza divina, de la vida eterna.» (Catecismo, 1996)

Que la gracia es la clave de la vida cristiana, lo dice claramente la Biblia:

«No se dejen engañar por las novedades y las doctrinas extrañas a la fe. La gracia de Dios es un buen medio para fortalecer la vida interior; no cuenten con otros alimentos de los que nadie sacó provecho.» (Hb 13, 9)

Jesús es fuente de gracia:

«Y si bien reinó la muerte por culpa de uno y debido a uno solo, con mucha mayor razón gracias al solo Jesucristo, todos aquellos que aprovechan el derroche de la gracia y el don de la ‘justicia’ reinarán en la vida». (Rm 5, 17, lee también Rm 1, 5)

El hombre es creado a «imagen y semejanza» de Dios (Gn 1, 26). Eso significa participación directa en la gracia divina.

«Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona; no es solamente algo, sino alguien. Es capaz de conocerse, de poseerse y de darse libremente y entrar en comunión con otras personas; y es llamado, por la gracia, a una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y de amor que ningún otro ser puede dar en su lugar.» (CIC 357)

Fíjate, es la gracia la que nos llama a la alianza con Dios, a confiarnos en El. Además «Sólo es posible creer por la gracia y los auxilios interiores del Espíritu Santo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 154). No hay manera de que por nosotros mismos creamos o entremos en la verdadera vida cristiana, como malvadamente nos quiere hacer creer el mundo moderno (aunque en realidad esto es un eco de la antigua herejía del pelagianismo). La gracia es gratuita, pues no es posible para el hombre ser merecedor de ella, eso es lo que quiere decir Pablo cuando señala que «Ustedes han sido salvados por la fe, y lo han sido por gracia» (Ef 2, 8).

En la Iglesia, pilar y base de la verdad (1 Tm 3, 15) es donde «conseguimos la santidad por la gracia de Dios» (Catecismo 824). Pero igual no hay manera de convertirse sin que nuestro corazón se rinda a la gracia de Dios:

«Ahora bien, la llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que «recibe en su propio seno a los pecadores» y que siendo «santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación». Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del «corazón contrito» (Sal 51,19), atraído y movido por la gracia a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero.» (Catecismo, 1428)

Pablo lo expresa diciendo «Habiendo sido reformados por gracia, esperamos ahora nuestra herencia, la vida eterna» (Ti 3, 7). Esa conversión dinámica nos lleva a Dios. «Movido por la gracia, el hombre se vuelve a Dios y se aparta del pecado, acogiendo así el perdón y la justicia de lo alto.» (Catecismo, 1989) Concretamente, «por la gracia somos salvados, y también por la gracia nuestras obras pueden dar fruto para la vida eterna» (Catecismo, 1697) Dice la Biblia:

«Pero Dios es rico en misericordia: ¡con qué amor tan inmenso nos amó! Estábamos muertos por nuestras faltas y nos hizo revivir con Cristo: ¡por pura gracia ustedes han sido salvados! Nos resucitó en Cristo Jesús y con él, para sentarnos con él en el mundo de arriba. En Cristo Jesús Dios es todo generosidad para con nosotros, por lo que quiere manifestar en los siglos venideros la extraordinaria riqueza de su gracia. Ustedes han sido salvados por la fe, y lo han sido por gracia. Esto no vino de ustedes, sino que es un don de Dios; tampoco lo merecieron por sus obras, de manera que nadie tiene por qué sentirse orgulloso. Lo que somos es obra de Dios: hemos sido creados en Cristo Jesús con miras a las buenas obras que Dios dispuso de antemano para que nos ocupáramos en ellas.» ( Ef 2, 4-10).

Todo lo anterior también significa que el hombre puede perder la gracia si intencionalmente no le rinde su corazón, como explícitamente advierte San Pablo (contra lo que alegremente creen otras iglesias):

«Somos, pues, los ayudantes de Dios, y ahora les suplicamos que no hagan inútil la gracia de Dios que han recibido.» (2 Co 6, 1)

Dice por otra parte la Carta a los Hebreos:

«Cuídense, no sea que alguno de ustedes pierda la gracia de Dios y alguna raíz amarga produzca brotes, perjudicando a muchos.» (Hb 12, 15, lee también Dt 29, 17)

Y Jesús mismo nos enseña que hay mantenernos firmes hasta la muerte:

«Aparecerán falsos profetas, que engañarán a mucha gente, y tanta será la maldad, que el amor se enfriará en muchos.  Pero el que se mantenga firme hasta el fin se salvará.» (Mt 24, 11-13)

Cuántas veces Pablo formula el deseo de que la gracia esté con nosotros (2 Tm 4, 22; Ti 3, 15; Fl 1, 25; etc), pues ella impregna el existir de los cristianos (Según San Pedro, y para agregar a lo ya dicho, los esposos comparten la Gracia, lee 1 Pe 3, 7).

¿Ahora entiendes cuán especial es María, si el mismísimo ángel de Dios le dijo «Llena eres de Gracia»? (Lc 1, 28) No en balde la Escritura señala que es Bendita entre las mujeres (Lc 1, 42) y que todas las generaciones la llamarán feliz (Lc 1, 48).

Terminemos esta breve reflexión con las palabras de Pedro:

«Que la gracia y la paz se les aumenten de día en día junto con el conocimiento de Dios y de Jesús, nuestro Señor.» (2 Pe 1, 2)

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